La semana pasada un corredor me enseñó su reloj. Catorce métricas en la pantalla y alertas para todo. Tenía más tecnología en la muñeca que yo en mis primeros diez años corriendo. Y llevaba seis meses estancado.
No le faltaban herramientas. Le sobraban herramientas sin propósito.
Es la enfermedad silenciosa del corredor moderno. Acumulamos instrumentos y olvidamos preguntar para qué sirve cada uno. El reloj deja de medir el entrenamiento y pasa a ser el entrenamiento. Los datos se amontonan sin que nadie decida nada con ellos. Entrenas fuerza porque alguien dijo que había que hacer fuerza, sin saber contra qué te está protegiendo.
Una herramienta que no sabes para qué sirve es un trasto caro. Bonito en la estantería, inútil en la montaña.
Hace unos días me senté a ordenar sobre papel todo lo que uso con mis pupilos. Lo ordené con una sola pregunta delante de cada cosa: para qué. Al terminar, la hoja me devolvió algo que no esperaba ver tan claro.
Ninguna de esas herramientas es un destino. Todas son caminos. Y todos los caminos van al mismo sitio.
Lo que cuida el cuerpo
Lo que casi todo el mundo llama, sin más, entrenar. Mira la columna de la derecha, que es donde se separa moverse de mejorar.
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Conocer tu motor. Para saber cuándo puedes apretar y cuándo, si aprietas, fundes la junta. Entrenar a ciegas confunde el sufrir con el mejorar.
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Entrenar fuerza. Para que el kilómetro 30 lo aguante tu estructura y no tu fuerza de voluntad. Cuando la fuerza falta, la fatiga te deforma la técnica, y la técnica deformada es la que te manda al fisio.
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Comer bien. Para que la adaptación que arrancaste por la mañana no se quede a medias por la tarde. Entrenas duro y comes mal: pagas la sesión y no recoges la mercancía.
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Recuperar. Para cobrar lo que el esfuerzo te debe. El entrenamiento deja la factura, el descanso la paga. Quien no recupera acumula deuda hasta que el cuerpo se la cobra de golpe, casi siempre en forma de lesión.
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Gestionar la carga. Para crecer sin pasarte de frenada. Yo trabajo con un techo de referencia del 10 por ciento semanal y una descarga cada tres semanas. Lo hago por prudencia, porque prefiero quedarme corto y seguir entero antes que ir sobrado y acabar roto. Es la cifra que yo elijo defender. Ajústala a tu caso, pero no le quites el freno.
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Adaptarte a la altitud, el calor o el terreno. Para rendir donde el resto se viene abajo. Quien no prepara el escenario lo descubre el peor día posible, el de la carrera.
Lo que cuida la cabeza
La que menos se entrena y la que más carreras decide.
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Entrenar la mente. Para mover un límite que casi siempre está más lejos de donde tu cabeza te ordena parar.
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Centrarte en tu círculo de influencia. Para no quemar gasolina en lo que no controlas. El tiempo que hará el día de la carrera o lo que entrena el de al lado no corren por ti.
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Simplificar. Para hacer bien lo poco que de verdad mueve la aguja. Quien mucho abarca poco aprieta.
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Saber decir No. Para que cada Sí pese. Cada plan extra que aceptas es foco que le robas a tu objetivo.
Lo que pone orden
Lo que convierte un montón de buenas sesiones en un plan que va a alguna parte.
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Los datos. Para decidir tú, sin esperar a que alguien decida por ti. Este es el corazón de la hoja. El corredor que sabe leer sus números se emancipa. El que no, vive de consejo prestado.
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El calendario. Para descansar a tiempo y no cuando ya estás roto.
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Periodizar. Para poner orden al caos. Periodizar coge un puñado de sesiones sueltas y las convierte en una historia que va a alguna parte.
La pregunta que está debajo de todas
Vuelve a mirar las tres columnas. Sigue cada flecha hasta el final.
Todas mueren en el mismo punto: rendir al máximo durante el mayor tiempo posible.
Un pico que alcanzas una vez y que te deja roto medio año es una avería con buena foto, lo llames como lo llames. Un rendimiento sin longevidad es un fallo del sistema. De poco te sirve volar un domingo si el lunes no te puedes atar las zapatillas.
Por eso la línea que más pesa de toda la hoja es la de los datos. Tomar decisiones inteligentes para ganar autonomía. El corredor inteligente se reconoce en una sola cosa: sabe para qué entrena cada día. Y quien tiene claro el para qué deja de necesitar que otro le dicte el cómo.
Cada vez que te ofrezcan una herramienta nueva, una app, una sesión, un método de moda, hazle una sola pregunta antes de dejarla entrar en tu entrenamiento. Para qué. Si no sabes responder, todavía no la necesitas, por muy brillante que te la pinten. He visto llegar más lejos al que domina cuatro cosas con sentido que al que colecciona cuarenta sin rumbo. El que pregunta para qué antes que cómo ha dejado de obedecer planes. Ha empezado a entrenarse.
El Maestro
